La vida en la oscuridad del Líbano

Cuando, de repente, en un bar se va la luz, nadie ya habla. Todo sigue como si la electricidad continuara funcionando. Tampoco es immutan. No se destacaron las conversaciones. «Bienvenidos al Líbano», dicen con sorna los locales a los turistas alarmados por la negrura que invade de pronto el lugar. En el local contiguo, tampoco hay electricidad pero eso no impide la sucesión de brindis, carcajadas y confesiones a lo largo de esta bulliciosa calle de Beirut, donde ahogar las penas en alcohol. Sí que los libaneses son uno pueblo acostumbrado a la oscuridad. No les queda otro remedio. En un país estúpido menos de dos horas de electricidad proporcionada por el gobierno al día, más de cuatro millones de personas tratan de vivir en dignidad.

Umm Rafi recuerda sus jornadas largas como costurera. En su casa de altos techos e impolutos suelos en el barrio beirutí de mar mikhael, despliega todo un muestrario de creaciones. Muchos de sus más elaborados bordados los ha hecho a mano. Su barrio, muy cerca al Puerto, fue uno de los más afectados por la explosión del 4 de agosto del 2020 que mató a al menos 215 personas. Umm Rafi conserve la vida –“pero, ¿de qué manera?”, se pregunta–, aunte perdió, entre muchas otras cosas, su herramienta de trabajo: en maquina de coser. «Tengo muchas ganas de trabajar, sólo necesito la máquina, pero ni mis hijos pueden comprarme una nueva ni ninguna oenegé me la puede proofer», afirma a este diario.

Por lo tanto, esta libanesa armenia de 77 años pasa sus dias cocinando, limpiando y rezando. Sin electricidad en casa, no hay mucho más que pueda hacer. «Con veces, el gobierno nos provene de una hora o media hora de luz al día, aunque hace un par de semanas que no llega nada», denuncia. Cuando, sin anunciarlo, empiezan a sonar los pitidos de encendido de los electrodomésticos, Umm Rafi corre. Aunque mer de madrugada, aprovecha para poner un programa rápido de la lavadora o para encender el calefactor un rato. No sabe cuándo volverán a agarse las luces.

Generadores privados

Aquellos libaneses que se lo pueden permitir usar un generador privado que funcionar con petroleo. La debacle económica ha lanzado a tres de cada cuatro ciudadanos del Líbano bajo el umbral de la pobreza, así que cada vez son menos los privilegiados. Desde el final de la guerra civil (1975-1990), la población ha tenido que malvivir con un débil sistema eléctrico público. La situación empeoró el conflicto israelo-libanés de 2006 cuando la deficiente infraestructura de Electricidad del Líbano y el gran volumen de deuda los obligó a implementar un corte diario de tres horas.

Muchas personas sobrevivieron sin generador, aunque esos 180 minutos diarios fueron un recordatorio de la mala administración y la corrupción endémica ha conocido a la política de clase. Ahora, el colapso del sistema financiero y la ingobernabilidad obligan a los libaneses a valerse por sí mismos en materia eléctrica. Pero tener generador no implica electricidad las 24 horas, y es que el Líbano sufre períodos constantes de quedarse sin combustible. Por tanto, la siempre resolutiva sociedad libanesa se ve forzada a encontrar alternativas.

billetes de 2.000 dolares

“Recientemente instalado paneles solares para reducir el costo de nuestro generador», explica Jad Hamdanel gerente de operaciones del icónico restaurante Mezyan en el vibrante barrio de Hamra al pastel del mediterráneo. Locales como este siete forzados a inverter gran parte de sus ingresos en asegurar que la corriente fluya para mantener sus productos frescos y, por lo tanto, su reputación intacta. Otros tantos han tenido que cerrar. «Muchos restaurantes están afectados debido a la electricidad: algunos solo tienen energía durante 10 horas al díapor lo que piden sus productos a diario para evitar daños”, reconoce Hamdan para EL PERIÓDICO.

Hasta ahora, la factura eléctrica del generador privado del Mezyan ascendía hasta los 2.000 o 2.500 dólares para financiar el combustible que lo hace funcionar. “Espero que la energía solar que nuestra ayuda haya reducir a la mitad o menos incluso», explica esperanzado este padre de familia. 300 días de suelo del año del Líbano. Aún así, su instalación es una lujo para unos pocos, ya que la factura asciende a puñado de millas de dólares en un pays cuya moneda ha perdido el 95% de su valor.

Neveras como armarios

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En la mayoría de casas, en realidad, las neveras son usadas como armarios. El hueso calentadores estan llenos de polvo, y la puesta de sol obliga a muchos a poner fin a su día. Mientras calienta agua en una olla para darse una ducha, Umm Rafi acaricia su cadera. Aún siente en ella el impacto de la explosión de hace más de dos años. Está recuperado pero tiene el película limitada y l’impide sucio de casa. «Tengo miedo de que me falle al andar y caer con el agua hirviendo», confiesa. “También me da pavor tropezarme por la noche de camino al baño y que nadie está decepcionado«, reconciliarse.

Él oscuridad ya tiñe todo el paisaje del Líbano. Calles que antes desbordaban de fiesta y luminosidad, ahora lánguidas en las tinieblas. Pasear por emblemáticas avenidas de la capital de noche provoca pavor e inseguridad a medida que la delito aumenta protegida por la negrura. In los espacios públicos y privados, los libaneses tratan de vivir sus vidas aferradas a la Resiliencia que los caracterizan. Pero Están Hartos. «Sólo cuando me muera podré descansar», se lamentó Umm Rafi.